miércoles, 28 de junio de 2017

Diarios de Sudamérica

26 de junio, Cuzco.

Mi silencio en los diarios ha engrosado una cadena de pensamientos y se ha preparado para una ex-pulsión ulterior de maceradas ideas.

He caminado sudorosos pensamientos. He abierto campos de cuestiones a la tierra de la que soy extranjera; de la que no soy nadie salvo una baraja de opiniones cautivas; en la que no soy nada debajo de una capa en constante performance.

Mi relato es del paisaje del "yo" en trance permamente, en trance regresivo entre ciclos lunares y conquistas.
De decisión en decisión, la Tragedia se vivifica en una comedia asustada. En pequeñas dosis voy salvando las posiciones perdidas, los fragmentos de (la) completud anhelada; los parámetros de coordenadas que me acercan al desenlace de las ansiedades prematuras.

Escucho el bramar de una niña atemorizada del abismo secular; la niña que recoge el legado de una generación asfixiada, en un esquizofrénico deseo de reconocimiento. La niña que hereda el canto de los abandonados que han circuncisado su pulsión del "sí a la vida" como alianza con los ídolos de espejismos lejanos, y que han caído en la pulsión de muerte hacia un nirvana que no ve el amanecer ni más allá de la muerte.

La niña redentora repta como una serpiente, mudando su piel de estación en estación traumática, que es el ciclo de su sino en un eterno retorno: la calumnia contra el "soi meme", contra todas.

Quisiera recibir el pan y el vino, la carne de lo prohibido, que es el amor sin hostias, sin  violencias, sin el lado oscuro de la luna. Quisiera la ofrenda sin sacrificio, sin la muerte del yo, sin la culpa del otro.

Le pregunto a la dama de la inocencia la razón por la que se encoge mi corazón cuando nos llaman Arabela. Este nombre resucita a los muertos. Este nombre es un significante mascullado de sentido, y despierta mi otredad "yo", lo perverso, lo pervertido, el paso de caída por las escaleras al infierno.
Nos llaman, digo, porque de pronto se convoca a la niña de carretera perdida, y entonces no soy yo, no voy sola: viene así la difamación de los otros en su palabra "sobre" mí, una palabra que ahoga la posibilidad del ser en proyecto, la posibilidad del ser en sociedad, la posibilidad de identificación con una solidez tangible, visible, reconocible.

Rechazo ese nombre porque contiene la historia de una violación, de un robo fingido, de una habitación de tres metros cuadrados en tibieblas y unas monjas carceleras, y unas niñas Uno, Lo Propio, lo Sí mismo. y yo, las afueras de una orilla negra, las afueras de mis lágrimas solitarias, de mi ciudad de calaveras sin cuerpos que recojan mis temblores. En las afueras del abrazo coraza, del abrazo nutriente, del abrazo casa.

Y me pregunto entonces "cómo horadar el buen nombre", cómo darle paz a un significante hecho con cicuta; cómo ser abrazando lo que fui. Cómo abrazarme en un renacimiento incólume.

Desidentificarme de la palabra de los otros sobre mí volcada; desinfectarme dela niña internada, de la niña perseguida injustamente; de la niña que pega para asustar a los violentos, para sublimar el huracán de la madre tierra, el terremoto que golpea el reflejo del estadio del espejo y que deja tras su hachazo una desterritorialización "ad infinitum" de cistales volados en imaginarios borderline.

Lo siniestro es Arabela. Lo siniestro es revelar el nombre que se esconde debajo de Ara. Lo siniestro es saberme dentro de la historia que hago de mí por lo que "Ellos" me hicieron. Es saberme indisociada de un núcleo que se revierte en efectos y que no deja de perseguir-me.

"Dejadme de llamar así, yo no soy ella"; "dejadme de llamar así, yo soy ella".

Comprender a la niña. Perdonar a la niña. Recordarle que soy yo, que era dificil "ser" como los demás cuando el escenario era el de la diferencia.
Recordarle que no es el monstruo que aquellos le hacían creer, que es un espejismo, un falso yo, una identidad impuesta desde el exterior que juzga la efigie magullada sin saber que las infamias redoblan el núcleo ensangrentado de las marcas castigadoras; sin saber que su palabra la traigo en mis veintiocho años cuando me miro al espejo, cuando me llaman Arabela, cuando no comprendo todavía la diferencia entre el contenido y el continente; los límites que separan al yo del otro.

No comprendo aún que "hasta luego" no moviliza necesariamente las temporalidades, ni significa la violencia del "hasta nunca".

Diarios de Sudamérica

21 de junio, Ramal de Cachora

Soy campesina en la tierra de mis emociones.
Arrugas precipitadas en cuencas de ojos monológicos
Marcas de sol esperando a la estación nutriente, entre ceja y ceja de un cielo que solo clareó en los excesos.

Horado el sueño lacrimoso de los campos dormidos, el discurso de las primeras noches que todavía no vieron la aurora
el discurso que comunica en síntomas, imaginarios jerogríficos.

El campo es igual para quien ha de cultivar las raíces con la herramienta oxidada.

Más de lo mismo

Podría hacer más hermoso al mundo el viaje masivo y universal si las ciudades no se prostituyeran ante el turismo; si conservaran su mismidad y no se disfrazaran en una perfecta autorrepresentación de sí mismos ante el p{ublico. Si la confluencia humana fuera una integración real y no un aparte de la cultura.
Pero el turismo llena los bolsillos de todas, en mayor y menor medida; y es el dinero lo que corrompe lo propio de las ciudades, al viaje, a la diversidad, a la interacción donde "Yo" y "Otro" se suman y se prestan.


La tecnología de las redes sociales colman pues el deseo de reconocimiento. Esto también corrompe la idea de viaje, de conexión con el todo. La espiritualidad en los paisajes se desvanece en la foto.
El yo se nutre de reconocimiento a partir del "me gusta". Me gusta, le gusto, les gusto.

Me aceptan, por tanto, deseo mostrarme, deseo autorrepresentarme en la forma precisa en la que puedo ganar más y más reconocimiento.

La era del yo aparece en el siglo XIX; el capitalismo crece en este mismo siglo gracias a este fenómeno: el individuo -y la imagen.
Originialidad, autenticidad, diferencia respecto al resto -la gran masa. Y entonces, la competitividad se torna una herramienta más en la dinámica del libre comercio.
Ser el mejor, ser competente, superar-se incluso a sí mismo. Prosperar. Progresar. Resaltar.

Y el que suspende, es un fracasado pese a su gran corazón.

Todo el dinero circula a partir de las imágenes, de la estética: marcas, conexión wifi en los desiertos más remotos, publicidad, accesorios, paisajes, ciudades, países. Todo sirve de objeto de comercialización, de movimiento monetario.

Por eso me alarma el amor ¿Hasta dónde llega el deseo de reconocimiento?

Diarios de Sudamérica

19 de junio, Cuzco. 2017

Son las fiestas de la ciudad. Celebran, creo, cierto honor por la raíz inca. Visten trajes tradicionales, pero me pregunto cuánta tradición "permanece" en un mundo globalizado.

El sistema económico funde progresivamente lo diverso hasta convertirnos en una masa homogénea. ¿Cómo dialogan individualismo y homogenización?

El sistema económico que nos sujeta se hace con el principio fundamental del deseo: El deseo de reconocimientio. Gracias a esta máxima hegeliana, el capitalismo se ectiende llenando los bolsillos de las grandes corporaciones.
La estética es la clave de lo político, una política de la estética en la que lo político se convierte en un escaparate que solo alcanza la praxis en la excaltación de lo ideológico; en la perpetuación y extensión del ideal de progreso bajo su lenguaje irónico y ambiguo, una doble cara que solo desde la posición crítica puede desnudarse.

Alcanza también la praxis extendiendo la ideología burguesa del trabajo, del esfuerzo, de la busqueda de libertad y felicidad -en el dinero. Lo político conmueve pues, estéticamente: gritamos aún "el pueblo unido jamás será vencido", mientras que pocas se unen para la Gran Revolución, que, o es mundial o no será; y se persigue destruir un sistema dentro de la dinámica donde chupamos la sangre de los caídos en pos de la supervivencia. Apenas se reniega del lujo occidental para combatir la desigualdad mundial. Es cierto, es difícil, es complicado descender en la escala de comodidades, dejar la carne, el pescado, el placer del queso fundido. Es casi imposible y la actuación propia, la lucha solitaria, es juzgada de individualismo.

Si decimos "soy el cambio que quiero ver en el mundo", a la vez que no confiamos en la acción de las demás, somos posmodernas, nihilistas, vencidas.


Diarios de Sudamérica...

17 de junio, Aguas Calientes. 2017

En mi refugio sensorial, abrigada por el follaje de montañas, por el vapor de las nubes, por el caer de las aguas impermanentes. Sentada sobre una piedra, en medio de un solar cautivador que cuelga  elevado sobre la cultura, casi rozando el cielo dentro de canturreos de pájaros y grillos, en lo alto de una vereda que conduce a las cascadas de lo infinito. Aquí encuentro la calma que me recoge la escritura.

Hinchada de verdes y azules parezco una figura pasiva ante la hiperestimulación incontrolable de mis horas. Sé que esto me sucede porque he abierto mis canales como recogiendo un exceso de actividad emocional que permanecía retenido en el vientre.
Me veo en lo excesivo donde la vida se suspende del lenguaje e implica la transubstanciación, "l´infinite correspondance".
Yo juego con la corriente alterna que evapora las instancias de verdad, lo dado que hay que quemar hasta la destrucción: el juego consiste en sortear el aliento entre los cofres que hay a cada lado de los canales abiertos, cada cual tan vibrante que haciéndome total, comienzo a enraizarme con la tierra como una sequolla que ha devorado el Amazonas para crecer.

La noche de ayer fue un impase visionario. Fue la última en el "Super Tramp". Mi primera intención, de la que voy desconfiando cada vez con mayor frecuencia, fue la de recogerme temprano para caminar hacia Hidroeléctrica y de allá, tomar un combi hacia Cuzco, donde hace días que me esperan.
Pero la excitación por la belleza me atrapó en lo insomne y en la terraza del albergue encontré a mis amigos de acá. Fumé, me elevé dentro de conversaciones enredadas en conceptos a resolver. Jefferson fue un gran descubrimiento, le hacía amante de Mikel. Esta visión hundía más mis ojos en sus palabras.

Me dejé atrapar pues bajo el velo ensoñador del THC, y en nuestro divagar encontré la manera de adentrarme "hacia rutas salvajes". Me comentó que irían a un poblado nativo la víspera de mi cumpleaños. Allá sobrevives a cambio de trabajo -la universalidad de la ley del intercambio.
Esta posibilidad me conduce al tramo más terrorífico de mi proceso: rescatar lo reprimido, el diálogo con mis edades; me conduce al punto en que la inocencia se violaba a fuerza de una madurez insultante, una perversión de la bondad, de lo bello, hacia una realidad inverosímil y adulterada de traumatismos que serían crónicos.
Hasta hoy no  consigo llenar el pulmón cuando respiro.

Durante mis horas de terapia se han despertado temores que velaba con los excesos y con la repetición de "lo mismo"; temores que invisibilizaba mediante proyecciones fantasmáticas, fobias desmesuradas, rituales de muerte en la polarización de los estados sublimes.
De extenuación en extenuación, ensayando la posibilidad de llegar a ser el "Superhombre", solo he conseguido una vivencia enajenadora, cierta huída del yo, que es el abandono de lo urgente, este miedo a la comunidad, al Gran Otro, a mí misma. Miedo a no asemejarme al modelo de la perfección,que es el salvoconducto hacia El Reconocimiento.

En este amanecer en que me hallo, trato de encontrarme, y los temores empiezan a tener nombre, a dejar de apuntarse en signos, a descubrirse como verdades soterradas en lo inconsciente.
Dejan de balbucearse en síntomas para descubrirse núcleos de sentido, templos angulosos de espejos por doquier, piezas de engranaje que conforman el puzle de mi psiquismo fracturado.

La niña enferma pide amnistía; la adulta, un manual de supervivencia entre los vivos; el padre, una vía de escape dentro de la norma, un orden que restituya el estado conservador.
Yo, ello, superyó: adulta, niña. padre-ley.

Las arácnidas son el símbolo de la madre castigadora. Un picotazo basta para derrumbar la soberanía sobre mí misma ("Son solo unos cuantos piquetitos"), para derramar la sangre de pertenencia.

Adentrarme en la selva es el estado de panteísmo que nos envuelve para derruir el cascarón que solo vivió en un imaginario de espejismos. El parque Manu es el principio de la amazonía brasileña, el principio de realidad al que debo enfrentarme bajo la siguiente pregunta: ¿Tengo la suficiente confianza en mí como para poderme hacer "cargo" de mi niña huérfana? ¿Cómo ser madre dentro de mi artisticidad existencialista? ¿Cómo amamantar sin raíces?

La selva es la sinécdoque del principio de realidad, de la vida contemporánea que acoraza al yo saturado en la subjetivación pospoderna, un ecosistema que sitúa en la fragilidad a los habitantes del margen, aquellos que no supieron forjar un superyó adaptado al Orden Simbólico, el espacio de lo femenino, de lo débil, de lo marginal.

Este poblado implica sumergirme en la profundidad oceánica; descender al gran pozo donde está ahogado ello, yo y superyó en una interacción bélica.

El espacio borderline se desata de un simple portazo, y el eterno retorno resurge en su negación del moi-même.